sábado, 1 de agosto de 2009

UNA HISTORIA DE ALFREDO MOLANO

El veredicto
Por: Alfredo Molano Bravo

EN UN LUGAR DE LA GUAJIRA, DE cuyo nombre no debo acordarme, hace no mucho tiempo, pasó lo que paso a contar.

A las 3 de la tarde llegaron a la ranchería cinco alijunas, es decir, gente que no tiene madre wayúu. Pidieron cerveza helada y gasolina, sin saludar. Lo primero es usual, lo segundo, un agravio. Los atendió Ainaka, una mujer joven, bella, vestida con una manta amarillo quemado.
Brillaba. Solía decorarse con parisi, un hongo que impide las quemaduras del sol. Su marido andaba traficando por la baja Guajira. Es comerciante: lleva chivos y trae hilo Carmencita con el que su mujer teje chinchorros y mochilas.
Les sirvió a los desconocidos y alharaquientos afueranos dos tandas de cerveza sin mirarles la cara. No por vergüenza, sino por altivez. Bebían taureteándose en sillas de madera recostadas contra una pared blanca. El calor parecía sembrado. Apenas de vez en cuando asomaba un vientecito que les levantaba los faldones de sus camisas a medio abotonar y dejaba al descubierto los pistolones que llevaban.
Cuando el sol se amansó, fueron llegando conocidos por ella, que saludó con un waré amistoso. Pero no pidieron cerveza, sino una botella de Old Parr que se fueron bebiendo puro, a pequeños trancos, en vasitos de plástico echando la cabeza atrás. Alijunas y wayúu no se miraban: se observaban, se vigilaban, se estudiaban. El aire pesaba. La mujer corrió la reja del mostrador y siguió atendiendo, recelosa. Los alijunas pidieron música. Un picó gigantesco comenzó a botar vallenato corrido. Parecía una tregua. El whisky calentaba las vísceras, la cerveza soltaba las lenguas. Provocadores, los forasteros pidieron también Old Parr.
La mujer se negó con un no hots que sonó como un balazo, una raya entre los de acá y los de allá. Insistieron con un paisana por delante que casi era una declaración de guerra. Ainaka, en silencio, cerró las puertas de la tienda. Los wayúu en silencio se retiraron uno detrás de otro. Los alijunas se quedaron. Encendieron el equipo de sonido de su camioneta blindada a todo volumen y en vez de vallenatos pusieron corridos norteños. Destaparon una botella de ron. Una hora después, el trago se acababa. Golpearon las puertas de la tienda. Volvieron a golpear. Ainaka abrió una pequeña ventana. Un brazo poderoso alcanzó a cogerla por el cuello: ¿Nos va a servir, o no? Silencio. Otra mano rápida relampagueó un cuchillo. La sangre de Ainaka saltó sobre el asesino.

El viento salado despertó al pueblo. Los gritos corrieron de lado a lado: “¡Degollaron a Ainaka, la degollaron!” La venganza se arremolinó. Las armas largas se cargaron. Los celulares sonaban. Todas las rancherías quedaron en alerta: cinco paisas mataron a una wayúu. Las trochas se cerraron. Los paisanos morirían a bala o morirían de sed. Al final de una salineta, al lado de un cementerio, la trampa estaba armada. Los cinco hombres sintieron el cerrojo. En una curva, la camioneta dio el bote y quedó patas arriba. El calor debió apretar a los asesinos hasta cuando salieron a respirar. Los wayúu los miraban. Sólo los miraban con mil ojos. El sol hizo lo propio. A las 2 de la tarde los cuchillos hicieron su agosto en las yugulares de los alijunas. Los alaulayuu, las más respetadas autoridades, dieron el veredicto: “Las mujeres y los niños no se tocan en ninguna guerra; los paramilitares no podrán volver a pasar de Cuatrocaminos hacia arriba”.

Tomado de elespectador.com

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